Descenso

Hace años un buen día y en un alarde de valentía, decidí dejar el cómodo sofá, el programa de televisión favorito y bajar por un rato al sótano-garaje de mi casa. Tomé aire y descendí los peldaños que me separaban de este caótico recinto. Porque sí, mi garaje tiene mucho de trastero.
En realidad, ni yo mismo sé lo que allí duerme. Desde cajas de libros y documentos depositados hace años. Un armario con ropas imposibles, herramientas con poco uso y su consiguiente tornillería, muebles de esplendor desdibujado, una lavadora sucia que vivió tiempos mejores, mi bicicleta raída por el sol con falta de aceite y neumáticos remendados, un coche de gama media que utilizo con frecuencia y que no le vendría mal pasar por el chapista…en definitiva, aquello que podemos encontrar en cualquier casa.
Y al fondo, tapada con una lona raída redescubrí mi nave espacial, olvidada entre tanto desorden. Hace tanto que no la usaba…acaso nunca viajé en ella, no lo sabía con certeza. De pequeño, como tantos otros niños, quizás tú también, quería ser astronauta. Soñaba salir de una realidad limitante y tocarlas estrellas con las puntas de mis dedos, abrirme a la libertad de moverme en lo etéreo. Tiempo después supe que esa necesidad tenía un nombre: espiritualidad.
La nave, mi nave, yacía olvidada como reliquia caída en desgracia fruto de una vida desordenada y estresada y de la cómoda visión limitante desde mi sofá.
Y ese día decidí apagar la televisión por una larga temporada y desempolvar mi traje de visitador de otros mundos.

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